Ella que iba todos los sábados al baile, no bailaba porque no había quién la sacara, no le importaba. Le gustaba más obserbar la liviandad de los cuerpos en movimiento.
Él que iba todos los sabados al baile, bailaba, vamos si bailaba. Pero no la sacaba a ella porque le parecía perfecta, mejor que ninguan otra y temía que le rechazara. No sabía que ella se quedaba embelesada admirando su maravilloso cuerpo en movimiento.
Un sábado en el que sus miradas se cruzaron él se acercó y le dijo:
-¿Quieres bailar la vida conmigo?
Ella, sin un atisvo de sorpresa en su mirada, le contestó:
-Si me levanto será para el resto de mis días.
Él le tomó de las manos y la envolvió en la melodía.
Cincuenta años más tarde, cuando el no recordaba quién era, no recordaba su nombre, ella ponía un disco de música suave y lo abrazaba para bailar. Entonces el decía:
-Te saque a bailar para tener tu mano siempre dentro de la mia.
Él que iba todos los sabados al baile, bailaba, vamos si bailaba. Pero no la sacaba a ella porque le parecía perfecta, mejor que ninguan otra y temía que le rechazara. No sabía que ella se quedaba embelesada admirando su maravilloso cuerpo en movimiento.
Un sábado en el que sus miradas se cruzaron él se acercó y le dijo:
-¿Quieres bailar la vida conmigo?
Ella, sin un atisvo de sorpresa en su mirada, le contestó:
-Si me levanto será para el resto de mis días.
Él le tomó de las manos y la envolvió en la melodía.
Cincuenta años más tarde, cuando el no recordaba quién era, no recordaba su nombre, ella ponía un disco de música suave y lo abrazaba para bailar. Entonces el decía:
-Te saque a bailar para tener tu mano siempre dentro de la mia.

